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martes, 15 de enero de 2013

Los chimpancés muestran un sentido de la justicia similar al de los niños


Cuando hay que colaborar para conseguir una recompensa, los simios la reparten al 50%

Compasión por los demás, comunicación, uso de herramientas, lenguaje, cuidado de los mayores y las crías, chantaje… poco a poco, casi todas las actividades o sentimientos que se consideraban propios del ser humano han encontrado equivalentes en el mundo animal. Y la última es la idea de lo que es justo o no. Es la conclusión de un trabajo hecho en el Yerkes National Primate Research Center de la Universidad de Emory (Atlanta, EE UU) que publica PNAS. 

 El estudio ha consistido en una adaptación del juego Ultimatum game. En él, uno de los participantes debe elegir un objeto (una ficha que tiene colores diversos) que lleva asociado un premio, pero la obtención de la recompensa debe efectuarla otro concursante. Por tanto, ambos tienen que negociar cómo se reparten lo que van a ganar, porque si no el segundo no cooperará con el primero. 

 En la investigación se usaron seis chimpancés, y se comparó su comportamiento con el de 20 niños (de dos a siete años). A los animales se les recompensaba con comida, y a los chicos con pegatinas. Según el color de la ficha que el primero de los componentes de cada pareja eligiera, así se repartiría el premio entre él y el otro componente. La conclusión es que en ambos casos, simios y personas, la tendencia era a usar el sistema más justo: el que facilita un reparto al 50%. 

 “Hemos concluido que los chimpancés no solo tienen un sentido de la justicia muy cercano al de los seres humanos, sino que los animales toman exactamente las mismas decisiones que nuestra especie”, ha dicho Frans de Waal, uno de los coautores del artículo. La necesidad de colaborar es común a muchos animales, desde insectos a los más evolucionados o con mayores capacidades intelectuales, como delfines o simios. En los chimpancés, animales grupales que viven en sociedades fuertemente jerarquizadas y que son muy interdependientes, esta capacidad es fundamental. 

 Pero el parecido con los humanos llega también al grado de la injusticia. Porque si de alguna manera el individuo que hacía la elección primera podía imponerse al otro, entonces en ambos casos, niños y primates, elegía la opción con la que recibía una recompensa mayor.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El arado perjudicó a la gente del Neolítico


La expansión de la agricultura dañó nuestra salud
Hace unos 10.000 años, cuando muchas poblaciones humanas comenzaron a cultivar la tierra y adoptaron un modo de vida más sedentario, se produjo un descenso generalizado de la altura de los individuos y un considerable empeoramiento de su salud. Esta es la conclusión a la que llegó la antropóloga Amanda Mummert, de la Universidad de Emory, en Atlanta, que llevó a cabo el primer estudio a gran escala sobre los efectos que tuvo en nuestra especie la introducción de la agricultura.
Según señaló en la revista Economics and Human Biology, en general tendemos a asumir que tener acceso a una fuente estable de alimentos repercute positivamente en la salud. "Sin embargo, los primeros agricultores experimentaron graves deficiencias nutricionales y tuvieron muchas dificultades para adaptarse a sus nuevas condiciones, probablemente porque se volvieron dependientes de unos pocos cultivos".
Para Mummert, los asentamientos permanentes contribuyeron a extender las enfermedades infecciosas, ya fuera por su propia insalubridad o porque las comunidades convivían con sus animales domésticos. En cualquier caso, esta experta indica que este mismo fenómeno puede rastrearse en distintas zonas del mundo, desde el Sudeste Asiático a Europa, a partir de los restos obtenidos en las excavaciones arqueológicas.
El antropólogo George Armelagos, coautor del estudio, apunta que "los humanos hemos pagado un precio biológico muy alto por haber adoptado la agricultura, especialmente en lo que se refiere a la variedad de nutrientes. Incluso en la actualidad, obtenemos alrededor del 60% de nuestras calorías exclusivamente del arroz, el maíz y el trigo".

viernes, 2 de noviembre de 2012

El hombre lobo era mujer

Un forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia revisa la figura del asesino múltiple Romasanta y le diagnostica un trastorno genético de intersexualidad



Cosía, bordaba, calcetaba. Cortaba trajes y vestidos. Era un ser dulce, entrañable, amigo, sobre todo, de sus amigas. Apenas alcanzaba el metro cuarenta de estatura, y tenía "cara de bueno". Esto último lo dice Fernando Serrulla, responsable de la Unidad de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia. El mismo profesional que ayer, en la primera sesión de las jornadas sobre Manuel Blanco Romasanta que se celebran este puente en Allariz, organizadas por la Fundación Vicente Risco, propuso una nueva teoría médica que podría barrer para siempre el mito del lobishome (también conocido como sacaúntos) gallego: El asesino múltiple nacido en una aldea de Esgos que en 1853 se salvó del garrote vil tras un proceso judicial sin precedentes, seguido con interés en toda España y financiado a espuertas por Isabel II, podría haber sido en realidad una hembra, una lobismullernacida con un extraño síndrome de intersexualidad. 

 Ya se sabía que Blanco Romasanta había sido inscrito en la partida de nacimiento, en 1809, como Manuela, aunque un registro parroquial, ocho años más tarde, lo confirmaba como Manuel. La última la del nombre, en realidad, no había sido una errata. Al nacer, sus padres no tuvieron muy claro el sexo del bebé. Con el tiempo, prefirieron considerar que aquello era un micropene, pero probablemente era un clítoris muy desarrollado. 

 El antropólogo Xosé Ramón Mariño Ferro ya apuntó hace tres años la posibilidad de que Romasanta fuese una mujer. Ahora Serrulla lo corrobora, sugiere una enfermedad concreta y aporta nuevos datos. Aunque dice que la seguridad absoluta no la podrá tener si no realiza una prueba genética. Los mayores investigadores del criminal, los abogados Cástor y Félix Castro, descartan la posibilidad de hallar sus restos. Romasanta murió en la cárcel de Ceuta de cáncer de estómago poco después de que se conmutase su pena capital por la cadena perpetua, y fue enterrado en una fosa común. 

 Así que la analítica habría que proponérsela a alguno de los familiares del asesino que supuestamente siguen viviendo en la provincia de Ourense. No son descendientes directos, sino tataranietos de algunos de los cuatro hermanos que tenía. Él, o ella con apariencia de hombre, llegó a casarse con una mujer, pero enviudó un año después, y por supuesto no tuvo hijos. Más tarde enamoró a otras vecinas, madres solteras o separadas de Rebordechao (Vilar de Barrio) y Castro de Laza, pero debieron de ser relaciones platónicas. Entre los papeles que le fueron requisados había alguna copla que les cantaba, cambiando el nombre de la chica según la ocasión. Las encandiló, y a todas ellas, después, confesó haberlas matado, junto con sus hijos menores, cuando los transportaba hacia una vida mejor, y un empleo prometido, en Santander o en la ciudad de Ourense. Esas fueron las nueve víctimas por las que se le condenó a muerte, aunque se le atribuyeron otras anteriores, hasta un total de 17. 

 Fernando Serrulla habla de pseudohermafroditismo femenino, una forma de estado intersexual que viaja en los genes de padres a hijos, aunque "solo se manifiesta en uno de cada 10.000 o 15.000 nacidos vivos". El propio investigador, como forense, cuenta que en su departamento, con sede en el Hospital de Verín, ha tenido que ver casos de niños o niñas que, antes de quedar inscritos en el Registro Civil, necesitan un reconocimiento para determinar su sexo. Blanco Romasanta era Manuela. Tenía sexo de mujer pero, a causa de este pseudohermafroditismo, segregaba una cantidad desmesurada de hormonas masculinas y sufrió un proceso de virilización. "Estas personas, debido a los andrógenos, pueden presentar episodios de fuerte agresividad", explica Serrulla. Esto podría ayudar a comprender la figura del criminal, un personaje que, como vecino, "era un encanto de tío" y se ganaba el cariño y la confianza del pueblo. 

 En su intervención, Serrulla también presentó el nuevo rostro del sacaúntos, así conocido porque se dijo que, además de las ropas en las ferias, vendía a farmacéuticos portugueses la grasa que obtenía cociendo a sus víctimas (los hermanos Castro localizaron libros de alquimia de la época, en los que se habla de las virtudes del sebo de difunto para tratar la epilepsia e incluso la alopecia). 

 La nueva cara de Blanco Romasanta es diferente de la que dibujó para un libro publicado en 1991 el exjefe de policía de Galicia Luis García Mañá y que se tomó por buena durante dos décadas. La de ahora se basa en las descripciones antropométricas y los reconocimientos médicos que realizaron los cinco facultativos que participaron en la instrucción del sumario (de 1.667 folios) y el juicio, celebrado en Allariz, Verín y, finalmente, A Coruña. Estos médicos descartaron en 1852 la versión de la defensa: el criminal había asegurado que sufría un maleficio y que devoraba a sus presas en compañía de otros lobos. Finalmente, se libró de la ejecución de la sentencia porque un hipnólogo francés que se presentó como doctor Philips convenció in extremis a la reina de que el reo sufría un trastorno mental llamado licantropía. Una vez reconstruida la identidad de Romasanta, ahora Cástor y Félix Castro intentan localizar con el forense en cuevas de la sierra ourensana de San Mamede algún resto óseo de las mujeres y los niños que mató.